"Pic-nic"



Pic-nic

Pic-nic, de Fernando Arrabal, es uno de los mejores textos antibelicistas que se han llevado a escena. Refleja, como pocos, lo absurdo de las guerras. Aquí tienes el principio del drama. Espero que te guste. Si es así, te animo a leer el libro completo (lo harás en una hora aproximadamente).



PERSONAJES:
ZAPO, soldado
ZEPO, soldado
SEÑOR TEPÁN, padre de Zapo
SEÑORA TEPÁN, madre de Zapo 
DOS CAMILLEROS

"Las viejas son atómicas"





Rosa Montero

Os conviene leer este curioso artículo a todos y a todas. A vosotras, porque os afea una actitud muy común, la inseguridad. A vosotros, porque os muestra cuáles son los efectos, a la larga, del machismo. Sí, majetes, ¿creíais que el machismo solo perjudicaba a las chicas? Pues no. Si queréis saber sobre el tema, leed esta columna que se publicó este domingo (5 de enero del 2020), en "El País".

                                     “Las viejas son atómicas”, de Rosa Montero

     En general, las mujeres se quieren a sí mismas menos que los hombres siempre me ha parecido una verdad bastante evidente. La manera en que tantas de nosotras, jóvenes y no tan jóvenes, se quitan importancia y piden torrentes de disculpas innecesarias es algo que cada día llevo peor. Me desespera estar en una reunión social, en una feria literaria, en un simposio, y que llegue una chica y diga cosas como: “El vino lo he comprado yo, así que seguro que será malo”. O bien: “Sí, yo he publicado una novela, bueno, es una novelita, una cosita de principiante…”. O incluso: “Oh, perdón, perdón, perdón, he puesto mal esta diapositiva, es que soy muy torpe, soy un desastre”. Ahora imaginen estas frases dichas por un hombre. No resulta fácil visualizarlos soltando esas cosas, ¿no? Yo lo que veo son tipos encantados con el rioja que han traído y conferenciantes que cambian la diapositiva errónea sin alterarse lo más mínimo. En cuanto al escritor, es probable que aún no haya nacido de madre un hombre capaz de decir que su novela es una novelita.

Y ¿saben qué? Bien por ellos. No son ellos los equivocados: somos nosotras. Porque además no se trata de una encantadora modestia, sino de una desagradable inseguridad. De la penosa falta de autoestima que sufre mayoritariamente la mujer, como ha demostrado un gran estudio publicado este año en la “Harvard Business Review” (lo contó hace un par de semanas Pilar Jericó en EL PAÍS). Jack Zenger y Joseph Folkman investigaron a 8.655 personas, el 44% varones, y descubrieron que las mujeres tenemos menos autoestima y menos seguridad que los hombres hasta que cumplimos 40 años. De hecho, a los 25 los chicos nos sacan cerca de un 20% de ventaja. Ahora bien, la seguridad en uno mismo va creciendo con la edad, en nosotras y en ellos, y a los 40 años nos igualamos. A partir de ahí la autoestima va subiendo lentamente y manteniéndose más o menos pareja en ambos sexos, hasta que, después de los 60 años, la confianza de los varones comienza a declinar y nosotras seguimos subiendo y les pasamos. Es un gráfico impresionante. Las viejas son atómicas.

Así que la historia tiene para nosotras un final feliz. Pero la escalada es dura y hay que salir desde muy abajo. Entre los 25 años y los 61 años, que es el periodo de tiempo que mide la investigación (61 y más, pone al final de la tabla crípticamente, como si a partir de esa edad comenzara el abismo), los hombres mejoran su autoestima en un 8,5%. Las mujeres, en cambio, lo hacemos en un 29%. La remontada es muy potente, pero la primera parte de la vida está lastrada por un innecesario sufrimiento. Con el añadido de que esos años de juventud son cruciales a la hora de construirse una carrera profesional, y muchas mujeres no los aprovechan debidamente por falta de confianza: no se arriesgan a asumir determinadas responsabilidades porque no se creen capaces; no se saben vender bien para un ascenso porque ellas son las primeras que temen no estar preparadas.

Todo esto es una consecuencia del sexismo, esa ideología milenaria en la que nos han educado a todos, hombres y mujeres, y que nos chupa el cerebro como una insidiosa garrapata. Las cosas están cambiando, pero los prejuicios son tenaces y dejan sombras. Y así, hay un poderoso subtexto social que nos susurra que el mundo exterior no es para las mujeres; que el poder y la profesión son reinos masculinos. Este estudio demuestra que nos cuesta 40 años descubrir que todo eso es mentira. Pero hay consecuencias del sexismo aún más trágicas. En España, el suicidio entre los varones se dispara de manera sobrecogedora a partir de los 70 años, mientras que el suicidio en las mujeres de la misma edad no sólo es muy inferior (5 por 100.000 frente a 40), sino que además va descendiendo. Y se me ocurre que las mujeres estamos más preparadas para vivir solas: cultivamos más las amistades, sabemos sacar mejor adelante una casa y una vida. Mientras que los hombres educados tradicionalmente que se quedan viudos no sólo pierden a la mujer, sino todo su hogar, sus manos y sus pies. El machismo es un espanto para todos. Hay que extirparse esta maldita garrapata del cerebro.

 


Las lealtades


                 


       Las lealtades, de Delphine de Vigan

Esta es una desasosegante novela que bucea en un tema tabú: el alcoholismo en la niñez. No me emociona el cierre de la trama pero sí el desarrollo. Es un libro triste en el que se alternan diversos puntos de vista: el de los chicos protagonistas, el de sus padres, el de una profesora...

"Hijas de mi vida"


Hola, chicos. Por si acaso se os había pasado por la cabeza no regalar nada en estos Reyes a vuestros queridos padres, ahí va esta columna de opinión. Lo elijo por su frescura y para que vayáis familiarizándoos, de un modo suave, con los artículos que vamos a leer en los próximos meses.

Es de Luz Sánchez-Mellado, periodista y colaboradora habitual de "El País". Es en este diario donde publicó este artículo el pasado 26 de diciembre. 

                                     HIJAS DE MI VIDA, de Luz Sánchez-Mellado

     Suelo decir, no tan en broma, que si alguna vez me hallo en serios apuros y necesito ayuda urgente, las últimas personas a las que pediría socorro por el móvil serían mis hijas por estrictas razones prácticas. Podría morir desangrada gota a gota, o del propio aburrimiento, antes de obtener respuesta.

Me juego el tipo a que casi cualquier otro número de mi lista de contactos contestaría antes a mi petición de auxilio a vida o muerte que la carne de mi carne, y eso que el 70% son profesionales. No estoy quejándome. Mis niñas —perdón, señoras herederas— son magníficas. No roban, no matan, no delinquen, no se drogan, que yo sepa, y encima me sacan notazas. Pero son jóvenes y van a su bola. Tienen el teléfono en silencio, se han quedado sin batería, están cargándolo, se lo han dejado en casa, lo llevan en la mochila. Que están a lo suyo y pasan lo más grande de la plasta de su madre, vamos. Eso sí, cuando son ellas quienes me requieren para que les traiga, no sé, nubes de azúcar de vuelta a casa del curro porque han tenido un mal día, tiene que pararse el mundo y contestarles ipso facto. Y el caso es que se para, y les contesto, y les llevo las nubes, emocionada ante el prodigio de que me quieran para algo.

https://img1.blogblog.com/img/video_object.pnghttps://img1.blogblog.com/img/video_object.png            Mientras me autocompadezco preguntándome qué he hecho yo para merecer esto, aparte de trabajar todo el santo día desde que volví de sus bajas maternales, no reparo en que, salvando los abismos, yo también di por descontada la pasión de mis padres, y hoy los añoro como el muñón al miembro amputado. Por todo eso, y por verme retratada al ácido, me mató el pasaje de Alegría, de Manuel Vilas, en el que el escritor se describe como “mendigo del amor” de sus hijos. Seguiremos mendigando. Sigamos queriéndonos, hijas de mi vida, aunque no nos lo digamos. Y hasta aquí puedo escribir, que igual alguna lee esto y me lo hace pagar caro en Reyes. Feliz 2020.

 

Drácula

Drácula, de Bram Stoker



Uno de los libros más inquietantes de la historia de la literatura. En algunos pasajes provoca auténtico miedo. Uno de los aciertos del libro, para mi gusto, es la forma de diario que adopta. De hecho, son los diarios de varios personajes los que van desarrollando la acción. Si quieres, completa la lectura, después, con alguna de las múltiples películas inspiradas en el libro. Pero no dejes de leerlo: como casi siempre, es mucho mejor que todas las adaptaciones posteriores.

Despistada





“ DESPISTADA”, de Mónica Lavín


Tardaban en abrir la puerta. Verificó que el número del departamento fuera el correcto. Tantas veces había estado frente a una casa equivocada o acudido a una cita el día después que más le valía confirmar.
Sonrió acordándose de los tropiezos de su mente. De niña olvidaba los suéteres en la banca del colegio, de jovencita las gafas, los nombres de los maestros y los cumpleaños de los novios. El despiste había crecido con la edad. Un día regresó a casa en autobús, su marido sorprendido por la tardanza le preguntó por el auto: lo había dejado estacionado frente al trabajo. Repetidas veces trató de subirse a un coche ajeno y forcejeó con la cerradura hasta que el dueño la sorprendió.
Nadie abría la puerta. Se asomó por las ventanas.
Las persianas cerradas sólo enseñaban la capa de polvo sobre el esmalte.
Se hizo de noche. Las campanadas de la iglesia a los lejos la aclararon. Había olvidado su propia muerte.


Entrevista a Teresa Perales




Si en algún momento os sentís muy desgraciados e incapaces de alcanzar alguno de vuestros objetivos, os recomiendo leer o ver alguna entrevista a Teresa Perales, la  deportista española que ha ganado más medallas olímpicas. La silla de ruedas en la que se desplaza desde hace muchos años no supone ningún impedimento para lograr lo que se propone.



Redacción, de Quim Monzó


Este es un cuento muy triste de un autor que suele ser muy ácido y certero.
En otras entradas os recomendaré libros suyos muy divertidos.

                             “Redacción: ¿qué hice el domingo?”, por Quim Monzó

     El domingo fue un día en que hizo mucho sol y fui a pasear con papá y mamá. Mamá llevaba un vestido beige con una rebeca de color blanco hueso, y papá un pulóver azul Raf y unos pantalones grises y una camisa blanca, abierta.

Yo llevaba un jersey de cuello cerrado, azul como el pulóver de papá pero más claro, y una chaqueta marrón y unos pantalones también marrones, un poco más claros que la chaqueta, y unas wambas rojas. Mamá llevaba unos zapatos claros y papá unos negros. Por la mañana paseamos y a media mañana fuimos a desayunar a las Balmoral. Pedimos un suizo y una ensaimada rellena, y yo pedí cruasanes.

Luego fuimos a ver las flores, y las había rojas y amarillas y blancas y rosas, e incluso azules, que papá dijo que eran teñidas, y plantas verdes y violetas, y pájaros grandes y pequeños, y papá compró el periódico en un quiosco. También fuimos a mirar escaparates, y, una vez que llevábamos mucho rato delante de un escaparate con jerseys, papá le dijo a mamá que se diera prisa. Y luego, en una plaza, nos sentamos en un banco verde, y había una señora mayor con el pelo blanco y las mejillas muy rojas, como tomates, que daba pan a las palomas, y me recordaba a la yaya, y papá leía el periódico todo el rato y yo le pedí que me dejase mirar los dibujos y me dejó medio periódico y me dijo que no lo estropeara. Luego, cuando ya subíamos a casa, mamá, como papá estaba todo el rato leyendo el periódico, le dijo que siempre lo estaba leyendo y que ya estaba harta: que lo leía en casa, desayunando, comiendo, en la calle, caminando o en el bar, o cuando paseábamos. Y papá no dijo nada y continuó leyendo y mamá le insultó y luego era como si lo sintiese, y me dio un beso, y luego, mientras mamá estaba en la cocina preparando el arroz, papá me dijo no le hagas caso. Comimos arroz caldoso, que no me gusta, y carne con pimientos fritos. Los pimientos fritos me gustan mucho pero la carne no, que está muy cruda, porque mamá dice que así está más rica, pero a mí no me gusta. Me gusta más la carne que dan en el colegio, bien quemadita. En el colegio no me gustan nunca los primeros platos. En cambio, en casa me dan vino con gaseosa. En el colegio no. Luego, por la tarde, vinieron mis titos con mi primo, y mis titos se pusieron a hablar en la sala, con mis papás, y a tomar café, y mi primo y yo fuimos a jugar al jardín, y allí jugamos a madelmanes y al futbolín, a la pelota y con el camión de bomberos y a guerras de astronautas, y mi primo se puso muy tonto porque perdía, y a mí es que mi primo me molesta mucho, porque no sabe perder, y tuve que soltarle un guantazo y se puso a llorar muy fuerte, y vinieron mi mamá y mi tita y mi tito, y mamá dijo qué ha pasado y, antes de que yo le contestara, mi primo dijo me ha pegado y mi mamá me dio una bofetada y yo también me puse a llorar y volvimos todos a la sala, y mamá me cogía de la mano y papá leía el periódico y fumaba un puro que le había traído el tito, y mamá le dijo los niños están en el jardín, matándose, y tú aquí, tan tranquilo, repantigado. La tita dijo que no pasaba nada, pero mamá le dijo que siempre era lo mismo, que a veces se hartaba. Luego los titos se fueron y, mientras se iban, mi primo me sacó la lengua y yo también se la saqué, y papá puso el televisor, porque daban fútbol, y mamá le dijo que cambiase de canal, que en el segundo ponían una película y papá dijo que estaba viendo el partido y que no.

Luego fui al jardín, a ver la muñeca que tengo enterrada allí, al lado del árbol, y la saqué y la acaricié y la reñí porque no se había lavado las manos para comer y luego la volví a enterrar, y fui a la cocina, y mamá lloraba y le dije que no llorase. Luego me senté en el sofá, al lado de papá, y vi un rato el partido, pero luego me aburría y miré a papá, que era como si tampoco viese el partido y como si tuviera la cabeza en otra parte. Luego pusieron anuncios, que es lo que más me gusta, y luego la segunda parte del partido, y fui a ver a mamá, que estaba preparando la cena, y luego cenamos y pusieron una película de dibujos animados y las noticias, y una película antigua, de una artista que no sé cómo se llama, que era rubia y muy guapa y muy pechugona. Pero entonces me mandaron a dormir porque era tarde y subí las escaleras y me fui a la cama, y desde la cama oía la película y cómo discutían mis papás, pero con el ruido del televisor no podía oír bien lo que decían. Luego se peleaban a gritos y bajé de la cama para acercarme a la puerta y entender lo que decían, pero como todo estaba a oscuras no veía bien, sólo el claro de luna que entraba por la ventana que da al jardín y, como no veía bien, tropecé y tuve que volver a la cama con miedo por si venían a ver qué había sido aquel ruido, pero no vinieron. Yo escuchaba cómo continuaban discutiendo. Ahora lo oía mejor porque se ve que habían apagado el televisor, y papá le decía a mamá que no le molestara y la insultaba y le decía que no tenía ambiciones, y mamá también le insultaba y le decía no sé si que se fuese de casa o que se iría ella, y decía el nombre de una mujer y la insultaba, y luego oí que se rompía alguna cosa de cristal y luego oí gritos más fuertes, y eran tan fuertes que no se entendían, y luego oí un gran grito, mucho más fuerte, y luego ya no oí nada. Luego oí mucho ruido, pero flojito, como cuando para fregar arrastran los módulos del tresillo. Oí que se cerraba la puerta del jardín y entonces volví a salir de la cama y oí ruido fuera y miré por la ventana, y tenía frío en los pies, porque iba descalzo, y fuera estaba oscuro y no se veía nada, y me pareció que papá cavaba al lado del árbol y tuve miedo de que descubriese la muñeca y me castigara, y volví a la cama y me tapé bien, incluso la cara, escondida bajo las sábanas y a oscuras y los ojos bien cerrados. Oí que dejaban de cavar y luego unos pasos que subían las escaleras y me hice el dormido y oí que se abría la puerta del cuarto y pensé que debían de estar mirándome, pero yo no vi quién me miraba, porque me hacía el dormido y por eso no lo vi. Luego cerraron la puerta y me dormí y al día siguiente, ayer, papá me dijo que mamá se había ido de casa y luego vinieron señores que preguntaban cosas y yo no sabía qué contestar y todo el rato lloraba, y me llevaron a vivir a casa de los titos, y mi primo siempre me pega, pero eso ya no fue el domingo.

 

Patria


Si ya eres un buen lector y no te asustas por el grosor de un libro, porque sabes que si la novela "engancha" lo que no quieres es que se termine, te recomiendo encarecidamente Patria, de Fernando Aramburu. Es la crónica más exacta, real y emocionante de la historia de ETA y del País Vasco de las últimas décadas.

El libro cuenta la relación entre dos familias que han estado muy unidas: al patriarca de una de ellas lo mata ETA, mietras que el hijo de la otra familia se convierte en etarra. Así de paradójico fue el panorama de Euskadi durante mucho tiempo.


Pégale a tu hijo, de Rosa Montero







                                          “Pégale a tu hijo”, de Rosa Montero

                                 

Hace un par de semanas, EL PAÍS sacó una noticia aterradora: la firmaba David Alandete desde Washington y hablaba de un manual escrito por el pastor evangélico Michael Pearl, padre de cinco hijos (pobrecitos), titulado Cómo educar a un niño. El primer capítulo del libro empieza así: "Pégale a tu hijo". Y en eso, en el castigo físico, se basa toda su teoría pedagógica. Aconseja golpear a los niños con una tubería flexible de plástico de 0,6 centímetros de diámetro, porque con ese artilugio los zurriagazos son muy dolorosos, pero la piel no queda gravemente dañada (es un método que Pearl comparte, entre otros, con los mafiosos que torturan a sus prostitutas).

En cuanto a los niños menores de un año, añade magnánimamente, "basta una vara de sauce de 25-30 centímetros de largo y medio centímetro de diámetro, sin nudos que le puedan cortar la piel". Imaginen lo que es un bebé de menos de un año, con su indefensión y su piel de seda y sus dodotis. E imaginen la vara. ¿Qué supuesta tropelía habría podido cometer un pequeñín así para merecer semejante castigo? ¿Vomitar la leche?

Sólo en los dos últimos años, explica David Alandete en su estupendo texto, han muerto en Estados Unidos dos niños apaleados por sus padres con las famosas tuberías flexibles de Pearl. Hana, de 11 años, de origen etíope. Y Lydia, de Liberia, de siete años. Las dos adoptadas, pobrecitas, por dos familias norteamericanas de tarados. La portada del panfleto educativo hiela la sangre: es la foto de un niño rubito de dos o tres años que, agarrado al dedo de un adulto, mira hacia arriba sonriente y feliz mientras sostiene en la otra mano lo que parece ser una larga vara de castigo. Pura perversión, obscenidad de sádicos.

Sé bien que éste es un tema conflictivo. Me refiero a la violencia contra los niños. O a la supuesta necesidad de un correctivo físico para educarlos. No es la primera vez que trato el asunto y, como quien arroja una piedra en un lago quieto, siempre se originan ondulaciones y un pequeño tumulto de respuestas, cartas de lectores o incluso textos de otros compañeros articulistas que reivindican con indignado énfasis las bondades de un bofetón a tiempo y califican cualquier opinión contraria a la suya como una necia comedura de coco propia de lo políticamente correcto.

Personalmente detesto los excesos de la corrección política y, por otro lado, creo que entiendo bien el porqué de ese punto de exasperada furia que los partidarios de la teoría del bofetón suelen mostrar. En primer lugar, supongo que muchos de nosotros, si no todos, hemos recibido algún que otro capón de nuestros padres en la infancia, y la mayoría no sólo no consideramos que ese suceso nos haya traumatizado, sino que además pensamos que nuestros padres son unas estupendísimas personas. Y luego está el hecho de que nosotros mismos hemos podido darle alguna vez un azote a nuestros hijos, o incluso un coscorrón; y, claro, nos indigna pensar que, por algo así, que nos parece nimio e incluso adecuado para, pongamos, acabar con una rabieta, se nos acuse de ser brutales.

Desde luego, dar un azote con la mano no tiene nada que ver con la tubería flexible de Pearl; y también es cierto que hay niños a los que sus padres jamás rozan y que están mucho peor educados y quizá son más desgraciados que aquellos a quienes la madre ha cogido algún día de la oreja. Pero, aparte de que todos los estudios psicológicos parecen demostrar que el castigo físico no sirve para nada y puede humillar y dañar psíquicamente, lo que de verdad me preocupa de la defensa pública del bofetón es el respaldo moral y social que eso supone a una violencia doméstica que se ejerce desde la mayor de las desigualdades contra los más débiles, y que no tiene límites ni grados. Quiero decir que su aplicación depende del criterio exclusivo de aquel que golpea. Y así, ¿es lo mismo un azote en el culo que un bofetón? ¿Y cuándo un bofetón dejaría de ser admisible? ¿Cuando rompe un labio con una sortija, cuando revienta un tímpano? ¿Son aceptables, por ejemplo, dos bofetones y un par de puñetazos en los hombros y la espalda mientras el niño se encoge sobre sí mismo para protegerse? Y si los padres han bebido un poco, o si están muy estresados y frustrados, ¿corren quizá el riesgo de que se les escape algún golpe demasiado fuerte? Amigos defensores de la teoría del bofetón a tiempo, sinceramente, con el corazón en la mano, ¿podéis asegurar que esa puerta abierta a la violencia va a ser entendida y aplicada por todos igual? Incluso los mayores maltratadores de niños están convencidos de que su comportamiento es adecuado. El libro de Pearl, que se publicó por vez primera en 1994, ha vendido 670.000 ejemplares y ha sido traducido a numerosos idiomas, también al español. No podemos dar ni la más mínima coartada moral a esa barbarie.

                                                       Suplemento de El País, 27 de noviembre de 2011

 

Sabor de amor



Esta maravillosa canción ochentera nos viene muy bien para empezar a trabajar las figuras literarias.

https://www.youtube.com/watch?v=XQ8gRoVUKVA


Sabor de amor

Sabor de amor,
Todo me sabe a ti,
Comerte sería un placer,
Porque nada me gusta más que tú,
Boca de piñón,

Bésame con frenesí,
Besarte es como comer palomitas de maíz,
Corazón de melón,
Venus salida del mar,
Del negro de un mejillón,
Son tus ojos en su punto de sal,
Sabor de amor,
Tu olor me da hambre,
Si no estás mi amor,
Puedo ser,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Es el sabor de tu amor,
Todo me sabe a ti,
Comerte sería un placer,
Porque nada me gusta más que tú,
Boca de piñón,
Bésame con frenesí,
Besarte es como comer naranjas en agosto y uvas en abril,
Sabor de amor,
Espuma de amar,
Piel de melocotón, orgía de palabras, sabor de amor,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Labios de fresa sabor de amor,
Pulpa de la fruta de la pasión,
Es el sabor de tu amor





Buenas noches, primavera.



Aquí tienes la emocionante canción de Joaquín Sabina, “Buenas noches, primavera”. Está incluida en su último disco, Lo niego todo. El punto de vista es el de alguien que se ha hecho mayor y saluda a la primavera con el recuerdo de su juventud y el deseo de recuperar parte de esta. Es impresionante. 

Te dejo también un enlace por si quieres escucharla. Espero que te emocione tanto como a mí.

                                        https://www.youtube.com/watch?v=BcDo974mUiE

Buenas noches,primavera
 
Buenas noches, primavera,
bienvenida al mes de abril:
te esperaba en la escalera del redil.
Nueve meses oxidada,
en el fondo de un baúl:
si no estás enamorada,
vente al sur.
Sobran lunes por la tarde,
faltan novios en los cines.
Camarero, ponme un par de Dry Martínez.
Conseguí llegar viejo verde
mendigando amor,
¿qué esperabas de un pendejo como yo?
 
Buenas noches, primavera,
perfume del corazón,
blinda con tu enredadera, mi canción.
Vacuna de lo que duele,
no te enceles con el mar,
si hasta tus párpados huelen a humedad.
Líbrame del sueño eterno,
da cuerda al despertador
ponle cuernos al invierno, por favor.
 
Buenas noches, primavera,
sin bandera ni carnet,
no me tumbes en la era
de internet.
Otoñales van mis años,
por el río Guadalquivir,
maquillando el ceño huraño
de Madrid.
Si se te olvidan las bragas
en mis últimos jardines,
te regalo una biznaga de jazmines.
 
¡Ven a reavivar mi hoguera
cenicienta de mis días
Buenas noches primavera,
novia mía.