Mostrando entradas con la etiqueta artículo de opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículo de opinión. Mostrar todas las entradas

Ética entre emociones


 




Ética entre emociones

No es el mundo ideal el que refleja el fútbol, sino que simula y exagera el real, al que tampoco le sobra honestidad

Polémicas, conflictos, declaraciones inoportunas, continua exhibición de disvalores. Es que el fútbol no premia al más honesto sino al más efectivo. Imposible, entonces, entenderlo como una brújula moral. Para acotar el territorio decimos que “lo que ocurre en el campo se queda en el campo”, frase que pretende investir al fútbol de cierta decencia. Pero es un guiño cuasi mafioso: ¿por qué el campo debe permitir lo que la sociedad no?

Estamos dispuestos a torcer el vocabulario para no estropear la apariencia de nobleza. La malicia se convierte en viveza, la astucia suplanta a la inteligencia y las pequeñas trampas no son más que una de esas “cosas del fútbol” que hemos normalizado.

Pienso en ello leyendo El deporte en la literatura, del magistrado Enrique Arnaldo. Libro que hace un repaso minucioso del protagonismo que ha tenido el deporte en cientos de escritores desde todas las perspectivas posibles. Uno de los capítulos habla de “Los valores del deporte” y encuentro citas del mundo de la esgrima, el atletismo, el rugby… Pero en ese capítulo el fútbol parece no existir, como si la ética le resultara ajena. No creo que nadie se sienta sorprendido.

El fútbol está examinado por decenas de cámaras que lo denuncian todo. Pero hay reflejos paulovianos que siguen presentes. Me incomodan los jugadores que quieren sacar una falta medio metro más acá o más allá de lo indicado. Me molestan los jugadores que se tiran al suelo y gritan como si los hubieran degollado por un codazo o un pisotón casual. Me indignan los balones que caen al campo para perder tiempo. En todo hay una deslealtad hacia el juego y el rival que entendemos como parte del oficio. Detrás hay una moralidad básica que vamos abandonando.

No es el mundo ideal el que refleja el fútbol, sino que simula y exagera el real, al que tampoco le sobra honestidad. Por esa razón, un gesto noble dentro de un estadio se vuelve extraordinario. Porque ocurre a contracorriente dentro de un ecosistema donde el deseo de ganar en medio de fuertes emociones derriba las buenas costumbres y hasta consagra las malas.

Para muchos, la mezcla de malicia y picardía es sabiduría popular aplicada al fútbol. “La mano de dios” es parte inolvidable de la historia del fútbol. En aquel gol de Diego ante los ingleses se traicionó la norma de forma escandalosa visto el episodio desde la ética más elemental. Lo digo cuarenta años después, pero en su momento me pareció una buena idea abrazar a Diego para fortalecer el engaño. Ante todos ustedes, un cómplice necesario.

La identidad pesa mucho. Somos seres sociales que viven en comunidad y se construyen en ella. La identidad se moldea por el reconocimiento de los otros. Sin ese espejo colectivo no sabríamos quiénes somos. La pertenencia es un ancla, una necesidad de validación que garantiza la inclusión al grupo, dándonos seguridad y confianza. La ética se construye en esa tensión, la de ser uno sin dejar de ser parte de todos. Por esa razón, un penalti que para los de un equipo es injusto para el otro es indiscutible. Lo vemos en cada partido.

¿Cómo se arregla la cuestión moral en un medio donde la astucia es considerada un valor y la honestidad una ingenuidad? No lo sé. No paro de escuchar a hinchas de todos los equipos decir, muy sueltos de cuerpo y delante de sus hijos, “ojalá ganemos en el último minuto con un penalti injusto”. Para prolongar, seguramente, la injusticia como modo de vida. A la ética, en definitiva, no hay que recomendarle la emoción. Ni siquiera jugando.

"Ecogramática", de Juan José Millás

 



“Ecogramática”

 

Leo y escucho al cabo del día miles, quizá millones, de palabras. Las leo en el periódico, en los prospectos médicos, en los libros, en las redes, en las vallas publicitarias, en el menú del día del restaurante de la esquina…;

Amparar y callar

 

Este es un artículo muy duro sobre el machismo escrito por Rosa Montero y publicado en "El País" el 24 de octubre de 2021.


En la foto, Pablo Neruda.

“Amparar y callar”

¿Cómo es posible que suceda algo así? Hablo de esa insoportable noticia de hace unas semanas: una sexagenaria francesa fue drogada durante una década hasta la inconsciencia por su esposo, que la ofrecía por internet a desconocidos. Han detenido a 44 hombres entre 24 y 71 años, de todo pelaje y condición: periodistas, bomberos, enfermeros.

"Que no sepan, no se expresen, no piensen", de Javier Marías

 



“Que no sepan, no se expresen, no piensen”, Javier Marías. Este es un fragmento inicial del artículo aparecido en “El País Semanal” el 17 de enero de 2021. Léelo y piensa en el tipo de ciudadano en que quieres convertirte. Si no deseas ser dirigido, ponte a estudiar ya filosofía. Hazme caso (a mí o a Javier Marías). Si deseas leer el artículo completo, consulta el diario "El País".


Me entero por el enteradísimo Juan Cruz de que la nefasta ley Celaá de Educación elimina la asignatura de Ética en el curso o cursos en que se impartiese. Creo recordar que la también funesta ley Wert suprimió Filosofía, lo cual trajo leves protestas entre los filósofos y profesores de la materia (no son lo mismo unos que otros). Ya mucho antes cayeron el Griego, el Latín, buena parte de la Literatura y no sé cuántas cosas más. Es asombroso que los pedagogos actuales tengan titulación y facultades para determinar qué se enseña y qué no. Si por la mayoría fuera, “se aprendería a aprender” y no se enseñaría nada, y así conseguiríamos el ideal de toda sociedad totalitaria: individuos que no saben, no entienden, no razonan, no se expresan, no piensan. Hacia eso se va, paso a paso y a veces a zancadas, como ahora con la eliminación de Ética. Al fin y al cabo, se dicen los gobernantes, ¿para qué sirve sino para que los ciudadanos tengan ideas de justicia, responsabilidad y solidaridad, de lo que se puede y no hacer por el propio bien y por el de los demás, de dónde están los límites del necesario egoísmo y de la libertad necesaria, de hasta qué punto el Estado está capacitado para imponer, en qué cuestiones sí y en cuáles no? En suma, ¿para qué sirve la Ética sino para que nos pongan pegas y nos critiquen?

No hay ningún Gobierno carente de ansias totalitarias, hasta los indudablemente democráticos. Quiero decir que todos aspirarían a ganar elecciones por unanimidad y a disponer de un cheque en blanco para obrar a su antojo. Claro que los respetuosos de las reglas saben que eso es imposible y aceptan lo relativo y parcial de su poder, y por tanto los pactos, las alianzas, las concesiones y las renuncias. Pero eso no los priva de sus ansias, aunque sean un desiderátum que demasiadas veces, sin embargo, se ha cumplido, desde Hitler y Stalin hasta Putin… y casi Trump. Esas ansias llevan, a los de menores escrúpulos, a sortear las limitaciones con subterfugios o con descaro. Hoy este detalle, mañana el otro, los años cuentan con muchos días. La supresión de Ética parece algo mínimo, pero va por ese camino. Paulatinamente se logra que los escolares no sepan pensar, ni hablar propiamente, no digamos escribir. La creación de tarugos es un objetivo indisimulado de los políticos obtusos de nuestro tiempo. Nos precisan a su imagen y semejanza. (...)

 

"En enero, regálate esperanza", por Francesc Miralles

 




 Este atículo apareció en la sección de psicología de  “El País Semanal”. Son cinco consejos para sobrellevar la angustiosa situación que nos ha tocado vivir. Te vendrán bien para este momento y otros que pueden darse en tu vida.

  Una de las tareas más ingratas para un autor de desarrollo personal es acudir a entrevistas donde un periodista te espera a la contra: “¿Cómo se puede ser optimista con la que está cayendo?”. Esa y otras preguntas similares llenan el diálogo. Podría parecer que el fatalismo y el escepticismo son más realistas que una visión positiva del futuro. Sin embargo, ambas posturas vitales son solo proyecciones teñidas por nuestras expectativas o prejuicios. Del mismo modo que acudir a una cita sentimental convencidos de que irá mal nos hace mostrarnos negativos y torpes, con lo que acabamos confirmando el oráculo, nuestra mirada sobre los acontecimientos futuros influye sobre ellos.

Si tras el desastre del buque Endurance, que en el invierno de 1915 quedó atrapado en el hielo antártico, Shackleton hubiera sido pesimista, jamás habría logrado la proeza de salvar la vida de todos sus hombres. Para acampar sobre hielo, navegar 1.300 kilómetros en un bote abierto y atravesar las montañas de Georgia del Sur hasta ser rescatados tenía un motor: la esperanza. Shackleton se enfocó en las posibilidades de salvación, por disparatadas que parecieran, y eso obró el milagro.

En un fragmento de El conde de Montecristo, Alejandro Dumas escribe: “No hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo. Solo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema”. Las grandes crisis suelen ir seguidas de épocas de euforia, crecimiento y creatividad. Tal vez por eso, Dumas concluye que “toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡confiar y esperar!”. ¿Cómo mantener ese espíritu mientras dura la crisis económica y sanitaria? Hay cinco claves que pueden ayudar a cultivar la esperanza.

Entender que todo es temporal. Aunque desde marzo de 2020 la pandemia haya monopolizado los medios de comunicación, llegará un punto en que pasará. Tomar conciencia de que nada, ni lo bueno, ni lo malo, es para siempre ayuda a no desesperar.

Limitar las malas noticias. Por contagio emocional, el tono de los mensajes que nos llegan acaba determinando nuestra manera de ver el mundo. Por eso, en momentos de gran dificultad es importante elegir bien con qué nutrimos nuestra mente.

Ocuparse de lo que depende de uno mismo. Al contemplar un desastre a gran escala impera un sentimiento de impotencia. Pero, si se pone el foco en pequeñas acciones y se llevan a cabo, llega la esperanza. Parafraseando el discurso de toma de posesión de Kennedy, la cuestión sería: ¿qué puedo hacer yo, de manera concreta, para que este año sea mejor que el anterior?

Recordar lo que va bien. No se trata de engañarse, sino de compensar el desánimo fijándose en lo que sí funciona en la vida de cada uno. Tal vez la economía individual ha tocado fondo, pero la salud aún responde. Para descansar de la negatividad, tomar conciencia de lo que va bien aporta energía.

Celebrar los microprogresos. Este término lo utiliza Cory Newman, director del Centro de Terapia Cognitiva de la Universidad de Pensilvania, para designar los pequeños logros que están cambiando ya la tendencia de nuestro futuro. James Clear, que el pasado año encabezó las listas de best sellers en Estados Unidos con sus Hábitos atómicos (Diana), afirma: “No importa el éxito que tengas en este momento, sino determinar si tus hábitos te están conduciendo hacia el camino del éxito. (…) Si quieres predecir dónde terminará tu vida, sigue la curva de las pequeñas ganancias y pérdidas. (…) Las pequeñas batallas que ganamos cada día son las que definen tu futuro”.

Tal vez el mejor regalo que podemos hacernos la noche de Reyes sea enfocar la aventura con esperanza, como Shackleton, y poner todo de nuestra parte para elevar la curva con pequeños progresos. Cuando agotemos este calendario podremos decir que este ha sido un año realmente nuevo.

 Francesc Miralles es escritor y periodista especializado en psicología.


"Hacia la luz", de Manuel Vicent

 




Me encanta esta columna de opinión: es instructiva y optimista.

“Hacia la luz”

Mañana, 21 de diciembre, con el solsticio comenzará a crecer la luz del día en el hemisferio norte e irá muriendo a la par en el hemisferio sur, nada que no se haya repetido durante miles de millones de años.

"Un respeto", Elvira Lindo

 

Elvira Lindo reflexiona en este estupendo artículo sobre cuál debe ser la actitud de los adolescentes y los jóvenes ante la pandemia y qué se les debe y puede exigir. No te lo pierdas, sobre todo si eres de los que se saltan a la torera las normas actuales porque crees que esto no va contigo.

Un respeto

La voz de los supervivientes de la covid. Las radios nos van mostrando sus testimonios. Secuelas que provocan escalofríos: migrañas, dificultad para respirar, pérdidas ocasionales de memoria, lentitud mental. Hay días en que creemos saber algo sobre el maldito virus y otros en que nos inunda una certidumbre de ignorancia. De cualquier manera, siempre hay algo por lo que dar gracias. Viendo el panorama, yo agradezco no tener adolescentes a mi cargo, ni jóvenes en su primera juventud que puedan discutirte en casa las medidas sanitarias. Hace tiempo que veníamos barruntándolo: nuestra sociedad exige a los ciudadanos un nivel de responsabilidad y autocontrol según la franja de edad. A los viejos, que les zurzan. Hemos decidido que carecen de derechos y de soberanía. Los amados hijos, las amadas hijas, llevan a rajatabla el aislamiento de sus progenitores y a menudo lo exhiben con orgullo. La salud equivale hoy a padecer o no la covid. Parece dar igual que se mueran de pena, de estar más solos que la una. Pasamos de glosar las virtudes de una generación que comenzó sus días en la guerra a olvidar que tienen voluntad propia aunque su movilidad esté mermada. Es una edad de fácil sometimiento. Lo pienso a menudo: si llegar a vieja es obedecer, menudo viaje estúpido entonces el de la vida que te niega derechos y hace que la sociedad te mire con condescendencia.

Los niños, a su peculiar manera, también son fáciles de controlar. La mente infantil es tan milagrosamente flexible que convierte enseguida las nuevas normas en tradiciones. Asombra verlos lavarse las manos con tanto esmero, asumir con fortaleza su pertenencia a las burbujas escolares. Algunos han sido separados de sus mejores amigos y se saludan con la mano de un extremo a otro del patio. Tenían tantas ganas de ir al colegio que disfrutan a tope de esta reducida sociabilidad. Hasta han padecido que por momentos les cierren los parques, la medida más incongruente de todas, siendo el lugar más seguro de encuentro social en estos tiempos.

Pero, cuidado, que llegamos a la adolescencia, esa enfermedad que se cura con el tiempo, y los expertos se ponen ñoños, juvenilistas, majetes. Antes de afirmar que en el ocio nocturno es donde se está produciendo el mayor foco de expansión del virus, instan a acudir a los dichosos influencers para que les comuniquen, en el supuesto lenguaje cifrado de la juventud, que seguir una serie de normas para no perjudicar la salud colectiva es guay. Hasta hay quien anima a convertir la mascarilla en un complemento de distinción para que cada joven customice su responsabilidad. Me pregunto si no sería más eficaz dirigirse a ese sector de la ciudadanía, porque ciudadanos son, con seriedad, con la seriedad que merecen y con la que se les debe exigir.

Las autoridades políticas han contribuido en gran parte a este desatino. Sabemos que no todos los jóvenes obedecen solo a su egoísmo, de hecho, seguro que son más los que tienen conciencia de la importancia de su comportamiento, pero basta con que sean unos pocos. Esos pocos, muchos cuando se amontonan en un espacio angosto, llenaron los días pasados algunas calles de Granada. La Junta y el Ayuntamiento optaron por cerrar el lugar seguro que era la universidad para permitir el aluvión a la puerta de los bares. Lo que ha pasado, esas cifras que se han disparado, era esperable, estaba cantado. Lo advertían los sanitarios, que, junto con los supervivientes de la covid, no saben qué decir para que se les tenga respeto. Respeto. Pero se ha favorecido aquello que producía un beneficio económico inmediato. Por supuesto, la educación y la sanidad siguen estando a la zaga. Imagino que es difícil para un joven serlo ahora, también ser responsable de adolescentes bajo estas premisas, pero no cabe otra que exigirles su parte como a un adulto cualquiera. Aunque qué decir si en Madrid el toque de queda se traduce en ampliar el horario de los bares. Qué decir ya.

                                                            Elvira Lindo, “El País”, 25-10-2020

 



Viejos muertos de miedo


¿Y si el virus hubiera atacado a los jóvenes como tú? ¿Cómo hubieran reaccionado tus abuelos? Elvira Lindo es tajante. Léela.



“Viejos muertos de miedo”, por Elvira Lindo. Publicado en “El País” el 15 de marzo de 2020

Entre estas cuatro paredes, pienso. Pensar es un vicio solitario. Pienso en qué habría ocurrido si esta pandemia se estuviera cebando con los niños. Pienso en cómo padres o abuelas habrían exigido medidas urgentes desde un primer niño muerto.

"Geometría de una pandemia"



Este es uno de los artículos más claros que he leído sobre el virus y las razones por las que hay que seguir el encierro al pie de la letra, aunque nos cueste. Ha aparecido en "El País" de hoy, 15 de marzo de 2020 (2º día de encierro".

“Geometría de una pandemia”, por JoséLuis Sampedro

Los científicos llevaban un mes preocupados por una cuestión coronavírica fundamental. Sabían que China había logrado controlar sus focos de infección, en particular la ciudad de Wuhan, con 11 millones de habitantes, por el simple prospecto de aislarlos del resto del mundo. Pero ¿sería posible aplicar ese tipo de medidas en las democracias occidentales? Acabamos de ver que sí. Las medidas del Gobierno español, como las de otros países de nuestro entorno, se basan casi por entero en la experiencia china. Los aislamientos y las cuarentenas ralentizan la propagación del virus. Eso no quiere decir que lo eliminen —este coronavirus no tiene pinta de estar en riesgo de extinción—, pero sí que permite a los sistemas sanitarios gestionar sus efectos. Esta es la clave para entender la crisis sanitaria. Las Bolsas son otra historia.

El coronavirus (SARS-CoV-2, en la jerga, causante de la enfermedad respiratoria Covid-19, pero ruego al lector que se olvide de estas espesuras lexicológicas) se propaga mejor que su predecesor el SARS, y hasta mejor que la gripe, que hasta ahora era la verdadera pesadilla de los epidemiólogos. Pocos científicos esperarán eliminarlo a estas alturas. Lo más probable es que el coronavirus infecte tarde o temprano a la mayor parte de la población europea, y seguramente de la mundial. La canciller alemana, Angela Merkel, lo ha cifrado esta semana en un 70% de la población, y quién sabe si se quedó corta. Pero esto no es un dato tan preocupante como parece.

Una buena regla que han aprendido los epidemiólogos en esta crisis es 80/15/5. Son porcentajes, y por eso suman 100. El 80% de los españoles, y de los europeos, se infectarán sin casi enterarse. Para ellos, la enfermedad será tan leve que ni le prestarán atención más allá de un ocasional paracetamol. El 15% puede sufrir neumonía y necesitará tratamiento. Y el otro 5% tendrá que ingresar en la unidad de cuidados intensivos (UCI) de su hospital. 80/15/5 es la clave para entender las medidas que están tomando el Gobierno. Esas medidas son correctas, pero no siempre fáciles de entender por la población. Ni por los mercados, por las fluctuaciones cuánticas que venimos observando en ese gallinero.

 

Hay una geometría de la pandemia. Si el virus va a acabar por contagiarnos a casi todos, ¿por qué empeñarse en frenar su propagación? El objetivo del estado de alerta declarado por el Gobierno no es protegerte a ti, desocupado lector, sino al sistema sanitario que, con toda seguridad, necesitarás alguna vez en tu vida. El 5% de 100 infectados son cinco pacientes en la UCI. El 5% de un millón de infectados son 50.000 pacientes en la UCI. Ningún sistema sanitario puede soportar eso y las medidas son necesarias para allanar la curva de contagio, como puedes leer en Materia. El número final de infectados puede ser el mismo, pero su llegada a los hospitales se escalonará lo bastante como para hacer posible la atención a los casos más graves. Tu aislamiento no es para ti, sino para los demás. Pórtate bien.






" A pie", por Lucía Mbomio



Aquí tienes una argumentación sencilla y eficaz. Los dos primeros párrafos funcionan a modo de exposición. La tesis y la conclusión están en rojo. Los conectores y argumentos bien ordenados, en verde. Antes de leerla, intentamos argumentar en clase acerca de este tema: "por qué es bueno ir andando al colegio desde pequeños".  

“A pie”, de  Lucía Mbomo

Mis padres escogieron el colegio en el que pasé toda la EGB porque estaba más o menos cerca de mi antigua casa. Ese era uno de los criterios más comunes de elección. Por aquel entonces, a diferencia de buena parte de la gente que conozco en Madrid centro, no recuerdo a casi nadie que fuera en coche o en metro a clase ya que, precisamente por esa proximidad a la que he aludido con anterioridad, no era necesario.

Como todavía no se había producido una incorporación masiva de las mujeres al trabajo no doméstico y remunerado, eran sobre todo las madres quienes llevaban a sus vástagos a clase andando. También era habitual que se fueran turnando y que cada semana una se encargara de varios niños. No había ni subterráneo en el sur y si mi memoria no me falla, únicamente aquellos que iban a centros privados se desplazaban en autobús.

Los demás solíamos ir a pie y, a partir de una edad, en mi caso a los nueve años, solos. Necesitaba unos veinte minutos para subir la enorme cuesta que me separaba del centro al que asistía y que me parecía eterna por el peso que llevaba a la espalda. Sin embargo, dejando a un lado el tema de las mochilas esas cuadradas que pesaban más que las que usan en el ejército y que encima no tenían ruedas, caminar era genial por muchos motivos.

Primero, nos servía para espabilarnos. En invierno, con el frío que hacía, capaz de cortarnos la piel del rostro y teñir nuestras narices de rojo, nos despertaba más que la ducha. En realidad, daba igual en qué estación nos encontráramos, a partir de la primavera, entre el polen y la luz, ya no había quien nos durmiera.

Segundo, era una manera de socializar, de hacer amistades y de intercambiar confidencias, no solo con el alumnado de la misma clase, que para eso, obvio, estaba el recreo, sino también con compañeros de otros cursos que eran del vecindario y recorrían el mismo trayecto.

En tercer lugar, ya en el instituto, hay que pensar que varios romances de juventud se gestaron en esas rutas que nunca queríamos que acabaran. Que si "me gusta alguien de clase"; que si, "ah, sí, ¿quién?"; que si, "tú le conoces..." y ya saben cómo acababan (o comenzaban) esas cosas. Ahora bien, hubo personas, entre las cuales me incluyo, que se quedaron siempre en el punto anterior, en el de afianzar las amistades. Da igual, también estaba bien.

Desde un punto de vista académico, ese rato podía servir para repasar el temario los días de examen y elucubrar qué preguntas podrían entrar.

Algo destacable y digno de valorar es que era una forma de luchar contra el sedentarismo del que tanto se habla en la actualidad. Como llegáramos tarde, las carreras que nos echábamos no tenían nada que envidiarle al test de Cooper.

Pero hay más, ir sola o con amigas a clase era una manera de ganar independencia, de ir asumiendo responsabilidades y, por tanto, de crecer por dentro. También resultaba útil para conocer los rincones del barrio, perderles el miedo, amarlos y hacerlos propios. Muchas personas gestaron su barrionalismo yendo y volviendo del colegio.

 





"Dulcinear"



Rosa Montero juega en este artículo publicado en "El País" con motivo del día de los enamorados, con la figura inventada por Cervantes. ¿Y tú? ?¿Has "dulcineado" alguna vez?

 
“Conjugando el verbo ‘dulcinear’, Rosa Montero
 
HAY UN PROGRAMA de televisión titulado Catfish (un nuevo término inglés que significa impostor digital) que consiste en investigar y desvelar la verdadera identidad de aquellas personas que se hacen pasar por otras en las redes sociales. Lo he mirado por encima tres o cuatro veces, y en todas las ocasiones se trataba de un asunto amoroso. El último que he visto me ha dejado pasmada: una estadounidense de 39 años con una hija de 18 se escribe durante nueve meses con un tipo de 27 (“pero muy maduro para su edad”) que vive en otro Estado. Del chico sólo conoce cinco fotos (está, obviamente, muy macizo) y durante todo este tiempo no ha conseguido verse con él por Internet (alega que tiene la cámara rota) ni quedar en algún lugar intermedio entre sus ciudades. Eso sí, se han escrito muchísimo, han conversado por teléfono, sin duda han hecho sexo de voz o de texto, han hablado de casarse y están al parecer enamoradísimos. “Nunca he querido tanto a un hombre en toda mi vida; nunca me he entendido con alguien tan bien”, dice la incauta.
Es su hija quien, sin la ceguera de la pasión, considera que la relación es muy sospechosa y avisa al programa. La investigación demuestra que el supuesto bombón es en realidad una chica poco agradable de 31 años, lesbiana y con antecedentes penales. Hay un cara a cara entre las dos, y se diría que la catfish también se ha autoengañado: mantenía la esperanza de que su víctima se acabara enamorando de ella. Pero la mujer queda comprensiblemente devastada y sale corriendo (además es heterosexual).
Supongo que les costará creerme, pero la víctima no parecía una tonta; simplemente estaba muy necesitada. Qué fácil es engañar a un corazón enamorado. O mejor dicho: con qué facilidad un corazón ansioso de enamorarse logra engañar a su dueño. En realidad la protagonista del documental se estafó a sí misma.
La pasión es así, una quimera. Cuanto más apasionada sea una persona, más distancia guarda su amor ilusorio con la realidad. Cervantes, que ya lo ha escrito todo, nos muestra la ridiculez de esos espejismos cuando habla de la chaladura de Don Quijote por su inexistente Dulcinea, un ser inventado por él a partir de una campesina vecina, Aldonza Lorenzo. En realidad todos dulcineamos un poco o un mucho al enamorarnos, como la protagonista de Cat¬fish. Ya lo decía Platón: amar es dar lo que no se tiene a quien no es. Lo que no se tiene, porque en el irrefrenable impulso de conquista nos mostramos adornados de virtudes, desplegamos colas de pavo real que no son nuestras, fingimos ser mejores de lo que somos. Y a quien no es, porque el zapateado del cortejo se lo estamos haciendo a la Dulcinea que nos hemos inventado, no al individuo auténtico, ese ser real que nos empeñamos en no ver.
Por eso las pasiones prosperan cual hongos al amparo del desconocimiento del otro. Ahora, con la invisibilidad de las redes; pero antes, en tiempos más convencionales, por ejemplo, también por la distancia en los noviazgos: esas parejas que no se conocían sexualmente antes de casarse y que vivían unas relaciones prematrimoniales muy formales fueron causa y origen de muchas fantasías y desengaños. Por no hablar, claro está, de las relaciones epistolares, un perfecto caldo de cultivo de la pasión inventada. Como la historia de la escritora estadounidense Helene Hanff (1916-1997), que se escribió durante 20 años con Frank Doel, un librero de Londres; empezó comprándole libros y terminaron dulcineando dulcemente. Hanff nunca se atrevió a conocerle personalmente; para cuando estaba empezando a reunir el valor, Doel se murió (probablemente hizo bien en no verle: que la realidad no te estropee una buena pasión). Las cartas están publicadas en un librito delicioso, 84, Charing Cross Road, la dirección de la librería.
La pasión, en fin, es como esas sombras chinescas que uno hace con sus manos sobre la pared. Si apagas la luz (el tórrido foco de tu imaginación), las sombras desaparecen. Y así, amados de antaño cuya ruptura con ellos fue un cataclismo, pueden parecerte hoy perfectos desconocidos sin un átomo de encanto en su interior. Dulcinear sin freno es lo que tiene (yo estoy intentando quitarme).
 

 




"La polla y el coñazo"

 



Y, al final, ¿serán estas expresiones que denotan sexismo o no? Si quieres saberlo,

 léete este interesante artículo de Alex Grijelmo. Aviso, todos los profesores de bachillerato lo adoramos y los coordinadores de la EVAU, también. Y no digo más.

                        "La polla y el coñazo" de Álex Grijelmo. (26-01-2020)

     Algunas críticas al lenguaje machista (razonables en otros aspectos) incluyen el ejemplo de que se llame “coñazo” a algo desagradable y se exclame “es la polla” para resaltar algo fabuloso.

     La palabra “coñazo” es negativa, y si alguien dice que expresa machismo no le llevaremos la contraria; pero habrá que considerarla al lado de algunos sentidos opuestos, como “chorrada” (peyorativo) y “virguería” (meliorativo); o situarla junto a otras alusiones desfavorables a los atributos masculinos, como “hacer el chorra”, “pijada”, “soplapollez”, “mingafría”, “ser un cojonazos” o “hacerse la picha un lío”.

En cualquier caso, un varón puede ser un coñazo, y también quedarse en bragas; y una mujer, bajarse los pantalones o cogérsela con papel de fumar,  porque tales locuciones han perdido su significado literal. Así es la lengua. No hay mayor incongruencia textual que la transmitida por una expresión positivísima como “es de puta madre”. Si se juzgan este tipo de expresiones en su literalidad, hay que examinar todo el inventario, no sólo las que convienen al discurso.

Y en lo referido a “polla”, conviene saber que su sentido elogioso es muy anterior a que se le añadiera el significado de “pene”, hecho que ocurrió hace relativamente poco, muy entrado el siglo XX.

Quienes viajan a América se asombran de que allá sea verosímil que se corra la polla del presidente o que alguien se saque la polla con toda normalidad. Es decir, que se dispute la carrera de caballos patrocinada por el jefe del Gobierno y que alguien gane la lotería. Y eso sucede porque uno de los significados antiguos de la palabra (aparte del relativo al mundo gallináceo) se refiere a un envite del juego o a unas apuestas.

El Diccionario de 1737 hablaba de “polla” como “porción que se pone y se apuesta entre los que juegan”. Y en el llamado “juego del renegado”, ese mismo diccionario explicaba que un participante necesita hacer cinco bazas “para sacar la polla”. Todo aquel mundillo propició expresiones como “meter la polla” o “meterla doblada” (hacer una apuesta; poner el doble de la cantidad que se había jugado), de donde es fácil deducir la relación con “tiene una suerte de la polla”, “vaya polla que ha tenido”... o “¡es la polla!”.

Como explicó el escritor y filólogo peruanoespañol Fernando Iwasaki (Las palabras primas, 2018), Cervantes ya había usado “polla” con el sentido de juego de cartas (El licenciado Vidriera, 1613); y el hecho de que en tales lances de la baraja se metiese, se corriera y se sacase la polla explica la irónica traslación posterior del término a otros significados. Pero eso ocurriría muchos siglos después (y sólo en España): No he hallado en los bancos de datos lingüísticos ningún registro de “polla”, como órgano sexual, anterior a la novela San Camilo, de Cela (1969). Por ejemplo, en Don Juan Notorio: burdel en cinco actos y 2000 escándalos, sátira anónima de 1874 repleta de palabras malsonantes, aparece 17 veces “picha” y ninguna “polla”.

Cela sí interpretaba (Diccionario secreto, 1971) un sentido erótico de “polla” en unos versos burlescos del XVII, pero en realidad se refieren sólo a los naipes. Y en sesudos diarios de principios del XX se leen expresiones como “una polla castellana negra” o “comiéronse la polla”, que, de haber tenido doble sentido, no habrían pasado el filtro de entonces (ni el de ahora).

En fin, parece imponerse hoy en día (de nuevo) el juicio sumarísimo contra algunas expresiones de resonancia sexual, acusadas esta vez de machismo; pero antes de condenarlas a la censura convendría conocer su historia y dejarles la posibilidad de defenderse.

 




"Las viejas son atómicas"





Rosa Montero

Os conviene leer este curioso artículo a todos y a todas. A vosotras, porque os afea una actitud muy común, la inseguridad. A vosotros, porque os muestra cuáles son los efectos, a la larga, del machismo. Sí, majetes, ¿creíais que el machismo solo perjudicaba a las chicas? Pues no. Si queréis saber sobre el tema, leed esta columna que se publicó este domingo (5 de enero del 2020), en "El País".

                                     “Las viejas son atómicas”, de Rosa Montero

     En general, las mujeres se quieren a sí mismas menos que los hombres siempre me ha parecido una verdad bastante evidente. La manera en que tantas de nosotras, jóvenes y no tan jóvenes, se quitan importancia y piden torrentes de disculpas innecesarias es algo que cada día llevo peor. Me desespera estar en una reunión social, en una feria literaria, en un simposio, y que llegue una chica y diga cosas como: “El vino lo he comprado yo, así que seguro que será malo”. O bien: “Sí, yo he publicado una novela, bueno, es una novelita, una cosita de principiante…”. O incluso: “Oh, perdón, perdón, perdón, he puesto mal esta diapositiva, es que soy muy torpe, soy un desastre”. Ahora imaginen estas frases dichas por un hombre. No resulta fácil visualizarlos soltando esas cosas, ¿no? Yo lo que veo son tipos encantados con el rioja que han traído y conferenciantes que cambian la diapositiva errónea sin alterarse lo más mínimo. En cuanto al escritor, es probable que aún no haya nacido de madre un hombre capaz de decir que su novela es una novelita.

Y ¿saben qué? Bien por ellos. No son ellos los equivocados: somos nosotras. Porque además no se trata de una encantadora modestia, sino de una desagradable inseguridad. De la penosa falta de autoestima que sufre mayoritariamente la mujer, como ha demostrado un gran estudio publicado este año en la “Harvard Business Review” (lo contó hace un par de semanas Pilar Jericó en EL PAÍS). Jack Zenger y Joseph Folkman investigaron a 8.655 personas, el 44% varones, y descubrieron que las mujeres tenemos menos autoestima y menos seguridad que los hombres hasta que cumplimos 40 años. De hecho, a los 25 los chicos nos sacan cerca de un 20% de ventaja. Ahora bien, la seguridad en uno mismo va creciendo con la edad, en nosotras y en ellos, y a los 40 años nos igualamos. A partir de ahí la autoestima va subiendo lentamente y manteniéndose más o menos pareja en ambos sexos, hasta que, después de los 60 años, la confianza de los varones comienza a declinar y nosotras seguimos subiendo y les pasamos. Es un gráfico impresionante. Las viejas son atómicas.

Así que la historia tiene para nosotras un final feliz. Pero la escalada es dura y hay que salir desde muy abajo. Entre los 25 años y los 61 años, que es el periodo de tiempo que mide la investigación (61 y más, pone al final de la tabla crípticamente, como si a partir de esa edad comenzara el abismo), los hombres mejoran su autoestima en un 8,5%. Las mujeres, en cambio, lo hacemos en un 29%. La remontada es muy potente, pero la primera parte de la vida está lastrada por un innecesario sufrimiento. Con el añadido de que esos años de juventud son cruciales a la hora de construirse una carrera profesional, y muchas mujeres no los aprovechan debidamente por falta de confianza: no se arriesgan a asumir determinadas responsabilidades porque no se creen capaces; no se saben vender bien para un ascenso porque ellas son las primeras que temen no estar preparadas.

Todo esto es una consecuencia del sexismo, esa ideología milenaria en la que nos han educado a todos, hombres y mujeres, y que nos chupa el cerebro como una insidiosa garrapata. Las cosas están cambiando, pero los prejuicios son tenaces y dejan sombras. Y así, hay un poderoso subtexto social que nos susurra que el mundo exterior no es para las mujeres; que el poder y la profesión son reinos masculinos. Este estudio demuestra que nos cuesta 40 años descubrir que todo eso es mentira. Pero hay consecuencias del sexismo aún más trágicas. En España, el suicidio entre los varones se dispara de manera sobrecogedora a partir de los 70 años, mientras que el suicidio en las mujeres de la misma edad no sólo es muy inferior (5 por 100.000 frente a 40), sino que además va descendiendo. Y se me ocurre que las mujeres estamos más preparadas para vivir solas: cultivamos más las amistades, sabemos sacar mejor adelante una casa y una vida. Mientras que los hombres educados tradicionalmente que se quedan viudos no sólo pierden a la mujer, sino todo su hogar, sus manos y sus pies. El machismo es un espanto para todos. Hay que extirparse esta maldita garrapata del cerebro.

 


"Hijas de mi vida"


Hola, chicos. Por si acaso se os había pasado por la cabeza no regalar nada en estos Reyes a vuestros queridos padres, ahí va esta columna de opinión. Lo elijo por su frescura y para que vayáis familiarizándoos, de un modo suave, con los artículos que vamos a leer en los próximos meses.

Es de Luz Sánchez-Mellado, periodista y colaboradora habitual de "El País". Es en este diario donde publicó este artículo el pasado 26 de diciembre. 

                                     HIJAS DE MI VIDA, de Luz Sánchez-Mellado

     Suelo decir, no tan en broma, que si alguna vez me hallo en serios apuros y necesito ayuda urgente, las últimas personas a las que pediría socorro por el móvil serían mis hijas por estrictas razones prácticas. Podría morir desangrada gota a gota, o del propio aburrimiento, antes de obtener respuesta.

Me juego el tipo a que casi cualquier otro número de mi lista de contactos contestaría antes a mi petición de auxilio a vida o muerte que la carne de mi carne, y eso que el 70% son profesionales. No estoy quejándome. Mis niñas —perdón, señoras herederas— son magníficas. No roban, no matan, no delinquen, no se drogan, que yo sepa, y encima me sacan notazas. Pero son jóvenes y van a su bola. Tienen el teléfono en silencio, se han quedado sin batería, están cargándolo, se lo han dejado en casa, lo llevan en la mochila. Que están a lo suyo y pasan lo más grande de la plasta de su madre, vamos. Eso sí, cuando son ellas quienes me requieren para que les traiga, no sé, nubes de azúcar de vuelta a casa del curro porque han tenido un mal día, tiene que pararse el mundo y contestarles ipso facto. Y el caso es que se para, y les contesto, y les llevo las nubes, emocionada ante el prodigio de que me quieran para algo.

https://img1.blogblog.com/img/video_object.pnghttps://img1.blogblog.com/img/video_object.png            Mientras me autocompadezco preguntándome qué he hecho yo para merecer esto, aparte de trabajar todo el santo día desde que volví de sus bajas maternales, no reparo en que, salvando los abismos, yo también di por descontada la pasión de mis padres, y hoy los añoro como el muñón al miembro amputado. Por todo eso, y por verme retratada al ácido, me mató el pasaje de Alegría, de Manuel Vilas, en el que el escritor se describe como “mendigo del amor” de sus hijos. Seguiremos mendigando. Sigamos queriéndonos, hijas de mi vida, aunque no nos lo digamos. Y hasta aquí puedo escribir, que igual alguna lee esto y me lo hace pagar caro en Reyes. Feliz 2020.

 

Pégale a tu hijo, de Rosa Montero







                                          “Pégale a tu hijo”, de Rosa Montero

                                 

Hace un par de semanas, EL PAÍS sacó una noticia aterradora: la firmaba David Alandete desde Washington y hablaba de un manual escrito por el pastor evangélico Michael Pearl, padre de cinco hijos (pobrecitos), titulado Cómo educar a un niño. El primer capítulo del libro empieza así: "Pégale a tu hijo". Y en eso, en el castigo físico, se basa toda su teoría pedagógica. Aconseja golpear a los niños con una tubería flexible de plástico de 0,6 centímetros de diámetro, porque con ese artilugio los zurriagazos son muy dolorosos, pero la piel no queda gravemente dañada (es un método que Pearl comparte, entre otros, con los mafiosos que torturan a sus prostitutas).

En cuanto a los niños menores de un año, añade magnánimamente, "basta una vara de sauce de 25-30 centímetros de largo y medio centímetro de diámetro, sin nudos que le puedan cortar la piel". Imaginen lo que es un bebé de menos de un año, con su indefensión y su piel de seda y sus dodotis. E imaginen la vara. ¿Qué supuesta tropelía habría podido cometer un pequeñín así para merecer semejante castigo? ¿Vomitar la leche?

Sólo en los dos últimos años, explica David Alandete en su estupendo texto, han muerto en Estados Unidos dos niños apaleados por sus padres con las famosas tuberías flexibles de Pearl. Hana, de 11 años, de origen etíope. Y Lydia, de Liberia, de siete años. Las dos adoptadas, pobrecitas, por dos familias norteamericanas de tarados. La portada del panfleto educativo hiela la sangre: es la foto de un niño rubito de dos o tres años que, agarrado al dedo de un adulto, mira hacia arriba sonriente y feliz mientras sostiene en la otra mano lo que parece ser una larga vara de castigo. Pura perversión, obscenidad de sádicos.

Sé bien que éste es un tema conflictivo. Me refiero a la violencia contra los niños. O a la supuesta necesidad de un correctivo físico para educarlos. No es la primera vez que trato el asunto y, como quien arroja una piedra en un lago quieto, siempre se originan ondulaciones y un pequeño tumulto de respuestas, cartas de lectores o incluso textos de otros compañeros articulistas que reivindican con indignado énfasis las bondades de un bofetón a tiempo y califican cualquier opinión contraria a la suya como una necia comedura de coco propia de lo políticamente correcto.

Personalmente detesto los excesos de la corrección política y, por otro lado, creo que entiendo bien el porqué de ese punto de exasperada furia que los partidarios de la teoría del bofetón suelen mostrar. En primer lugar, supongo que muchos de nosotros, si no todos, hemos recibido algún que otro capón de nuestros padres en la infancia, y la mayoría no sólo no consideramos que ese suceso nos haya traumatizado, sino que además pensamos que nuestros padres son unas estupendísimas personas. Y luego está el hecho de que nosotros mismos hemos podido darle alguna vez un azote a nuestros hijos, o incluso un coscorrón; y, claro, nos indigna pensar que, por algo así, que nos parece nimio e incluso adecuado para, pongamos, acabar con una rabieta, se nos acuse de ser brutales.

Desde luego, dar un azote con la mano no tiene nada que ver con la tubería flexible de Pearl; y también es cierto que hay niños a los que sus padres jamás rozan y que están mucho peor educados y quizá son más desgraciados que aquellos a quienes la madre ha cogido algún día de la oreja. Pero, aparte de que todos los estudios psicológicos parecen demostrar que el castigo físico no sirve para nada y puede humillar y dañar psíquicamente, lo que de verdad me preocupa de la defensa pública del bofetón es el respaldo moral y social que eso supone a una violencia doméstica que se ejerce desde la mayor de las desigualdades contra los más débiles, y que no tiene límites ni grados. Quiero decir que su aplicación depende del criterio exclusivo de aquel que golpea. Y así, ¿es lo mismo un azote en el culo que un bofetón? ¿Y cuándo un bofetón dejaría de ser admisible? ¿Cuando rompe un labio con una sortija, cuando revienta un tímpano? ¿Son aceptables, por ejemplo, dos bofetones y un par de puñetazos en los hombros y la espalda mientras el niño se encoge sobre sí mismo para protegerse? Y si los padres han bebido un poco, o si están muy estresados y frustrados, ¿corren quizá el riesgo de que se les escape algún golpe demasiado fuerte? Amigos defensores de la teoría del bofetón a tiempo, sinceramente, con el corazón en la mano, ¿podéis asegurar que esa puerta abierta a la violencia va a ser entendida y aplicada por todos igual? Incluso los mayores maltratadores de niños están convencidos de que su comportamiento es adecuado. El libro de Pearl, que se publicó por vez primera en 1994, ha vendido 670.000 ejemplares y ha sido traducido a numerosos idiomas, también al español. No podemos dar ni la más mínima coartada moral a esa barbarie.

                                                       Suplemento de El País, 27 de noviembre de 2011