Bueno,
no es que sea santo de mi devoción este libro, pero sé que gusta mucho, que
entretiene y divierte, y que todo el que lee esta primera novela de la saga y
la disfruta, está de enhorabuena porque puede seguir leyendo las disparatadas situaciones
que le ocurren al protagonista. Son cinco, los libros que escribió Sharpe con
el mismo personaje. Todos ellos siguen la estela del mejor humor británico.
Espero que te gusten. Son muy apropiados para contrarrestar esta extraña etapa
en la que nos encontramos.
"Wilt", de Tom Sharpe
"Orgullo y prejuicio", de Jane Austen
Segunda
propuesta para comenzar con buen pie este verano, la deliciosa “Orgullo y
prejuicio”, de Jane Austin. Una historia de amor que nos queda algo lejana por
su formalidad pero que nos atrapa desde el principio. A mí me pasa algo muy
curioso, siempre que la releo, engancho de tirón todas las de su autora y luego, muchas veces, me paso a las hermanas
Brontë. Por cierto, si te gusta, luego puedes ver la película: está muy
lograda.
"Muerte en la clínica privada", de P.D. James
Primera
propuesta para entretener la espera mientras salen las notas de la innombrable:
una novela policíaca de una de las mejores escritoras del género, P.D. James.
Su detective, Adam Dalgliesh, es una de las creaciones que marcan un estilo, el
del policía con sentido artístico, introspectivo, sensible y prudente. Este es
uno de estos libros que se disfrutan por la trama y por lo bien contada que
esta está. Recomendable para empezar bien este verano y vaciar la cabeza de un
estresante curso.
"Siempre lo que quieras", de Angel González
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Fotografía de Víctor Maeso
“¿Quién me
ha robado el mes de abril?” cantó mi Joaquín Sabina.
Nunca hubiera pensado que, literalmente, me iba a ocurrir lo cantado por Sabina…
Bocaccio, El Decamerón"
“El velo de la abadesa” de Bocaccio
|
Viejos muertos de miedo
¿Y si el virus hubiera atacado a los jóvenes como tú? ¿Cómo
hubieran reaccionado tus abuelos? Elvira Lindo es tajante. Léela.
"Geometría de una pandemia"
“Geometría
de una pandemia”, por JoséLuis Sampedro
Los científicos llevaban un mes
preocupados por una cuestión coronavírica fundamental. Sabían que China había
logrado controlar sus focos de infección, en particular la ciudad de Wuhan, con
11 millones de habitantes, por el simple prospecto de aislarlos del resto del
mundo. Pero ¿sería posible aplicar ese tipo de medidas en las democracias
occidentales? Acabamos de ver que sí. Las medidas del Gobierno español, como
las de otros países de nuestro entorno, se basan casi por entero en la
experiencia china. Los aislamientos y las cuarentenas ralentizan la propagación
del virus. Eso no quiere decir que lo eliminen —este coronavirus no tiene pinta
de estar en riesgo de extinción—, pero sí que permite a los sistemas sanitarios
gestionar sus efectos. Esta es la clave para entender la crisis sanitaria. Las
Bolsas son otra historia.
El
coronavirus (SARS-CoV-2, en la jerga, causante de la enfermedad respiratoria
Covid-19, pero ruego al lector que se olvide de estas espesuras lexicológicas)
se propaga mejor que su predecesor el SARS, y hasta mejor que la gripe, que
hasta ahora era la verdadera pesadilla de los epidemiólogos. Pocos científicos
esperarán eliminarlo a estas alturas. Lo más probable es que el coronavirus
infecte tarde o temprano a la mayor parte de la población europea, y
seguramente de la mundial. La canciller alemana, Angela Merkel, lo ha cifrado
esta semana en un 70% de la población, y quién sabe si se quedó corta. Pero
esto no es un dato tan preocupante como parece.
Una
buena regla que han aprendido los epidemiólogos en esta crisis es 80/15/5. Son
porcentajes, y por eso suman 100. El 80% de los españoles, y de los europeos,
se infectarán sin casi enterarse. Para ellos, la enfermedad será tan leve que
ni le prestarán atención más allá de un ocasional paracetamol. El 15% puede
sufrir neumonía y necesitará tratamiento. Y el otro 5% tendrá que ingresar en
la unidad de cuidados intensivos (UCI) de su hospital. 80/15/5 es la clave para
entender las medidas que están tomando el Gobierno. Esas medidas son correctas,
pero no siempre fáciles de entender por la población. Ni por los mercados, por
las fluctuaciones cuánticas que venimos observando en ese gallinero.
Hay
una geometría de la pandemia. Si el virus va a acabar por contagiarnos a casi
todos, ¿por qué empeñarse en frenar su propagación? El objetivo del estado de
alerta declarado por el Gobierno no es protegerte a ti, desocupado lector, sino
al sistema sanitario que, con toda seguridad, necesitarás alguna vez en tu
vida. El 5% de 100 infectados son cinco pacientes en la UCI. El 5% de un millón
de infectados son 50.000 pacientes en la UCI. Ningún sistema sanitario puede
soportar eso y las medidas son necesarias para allanar la curva de contagio,
como puedes leer en Materia. El número final de infectados puede ser el mismo,
pero su llegada a los hospitales se escalonará lo bastante como para hacer
posible la atención a los casos más graves. Tu aislamiento no es para ti, sino
para los demás. Pórtate bien.
Marianela, de Benito Pérez Galdós
Cuenta la triste historia de una chica muy, muy buena, pero muy,
muy feúcha que hace de “lazarillo” de un joven ciego. Dicho joven está
enamorado de ella; pero no la ve, claro. ¿Qué pasaría si recuperara la vista?
Si quieres saberlo, abre el libro, que es muy chulo…
"Presentes" una poesía para el 8 de marzo
Muy apropiado
este poema de la guatemalteca Guisela López para celebrar el “Día de la Mujer”.
¡Salud a todas!
Presentes
Llegamos aquí presurosas…
Hemos venido,
convocadas por un sueño.
Las mujeres
recorremos las plazas del mundo
desplegando palabras.
Hemos llegado de todas partes
unas tristes,
otras alegres,
algunas rotas.
Trazando arcoíris
con nuestros colores de piel,
constelaciones
con nuestras miradas.
Nos encontramos
proclamando la soberanía de nuestros
cuerpos,
defendiendo la libertad de nuestros
pasos.
Haciendo resonar nuestra voz.
de continente a continente.
Transgrediendo mandatos,
construyendo metáforas amables
con la fuerza de nuestros deseos.
Enlazándonos,
más allá de nuestra edad
y nuestras nacionalidades.
Acarreando esperanzas
en la desesperanza.
Tejiendo redes,
laboriosas arañas.
Construyendo ciudadanía
centímetro a centímetro.
Transformando la realidad
con nuestros caminares,
incursionando el viento
vestidas de cometas,
despeinadas de flores,
deliberadas,
presentes,
en esta marcha por la vida.
" A pie", por Lucía Mbomio
Aquí tienes una argumentación sencilla y eficaz. Los dos primeros párrafos funcionan a modo de exposición. La tesis y la conclusión están en rojo. Los conectores y argumentos bien ordenados, en verde. Antes de leerla, intentamos argumentar en clase acerca de este tema: "por qué es bueno ir andando al colegio desde pequeños".
“A pie”, de Lucía Mbomo
Mis padres
escogieron el colegio en el que pasé toda la EGB porque estaba más o menos
cerca de mi antigua casa. Ese era uno de los criterios más comunes de elección.
Por aquel entonces, a diferencia de buena parte de la gente que conozco en
Madrid centro, no recuerdo a casi nadie que fuera en coche o en metro a clase
ya que, precisamente por esa proximidad a la que he aludido con anterioridad,
no era necesario.
Como todavía
no se había producido una incorporación masiva de las mujeres al trabajo no
doméstico y remunerado, eran sobre todo las madres quienes llevaban a sus
vástagos a clase andando. También era habitual que se fueran turnando y que
cada semana una se encargara de varios niños. No había ni subterráneo en el sur
y si mi memoria no me falla, únicamente aquellos que iban a centros privados se
desplazaban en autobús.
Los demás
solíamos ir a pie y, a partir de una edad, en mi caso a los nueve años, solos.
Necesitaba unos veinte minutos para subir la enorme cuesta que me separaba del
centro al que asistía y que me parecía eterna por el peso que llevaba a la
espalda. Sin embargo, dejando a un lado el tema de las mochilas esas cuadradas
que pesaban más que las que usan en el ejército y que encima no tenían ruedas, caminar
era genial por muchos motivos.
Primero, nos
servía para espabilarnos. En invierno, con el frío que hacía, capaz de
cortarnos la piel del rostro y teñir nuestras narices de rojo, nos despertaba
más que la ducha. En realidad, daba igual en qué estación nos encontráramos, a
partir de la primavera, entre el polen y la luz, ya no había quien nos
durmiera.
Segundo, era
una manera de socializar, de hacer amistades y de intercambiar confidencias, no
solo con el alumnado de la misma clase, que para eso, obvio, estaba el recreo,
sino también con compañeros de otros cursos que eran del vecindario y recorrían
el mismo trayecto.
En tercer
lugar, ya en el instituto, hay que pensar que varios romances de juventud se
gestaron en esas rutas que nunca queríamos que acabaran. Que si "me gusta
alguien de clase"; que si, "ah, sí, ¿quién?"; que si, "tú
le conoces..." y ya saben cómo acababan (o comenzaban) esas cosas. Ahora
bien, hubo personas, entre las cuales me incluyo, que se quedaron siempre en el
punto anterior, en el de afianzar las amistades. Da igual, también estaba bien.
Desde un punto
de vista académico, ese rato podía servir para repasar el temario los días de
examen y elucubrar qué preguntas podrían entrar.
Algo destacable y digno de valorar es que era una
forma de luchar contra el sedentarismo del que tanto se habla en la actualidad.
Como llegáramos tarde, las carreras que nos echábamos no tenían nada que
envidiarle al test de Cooper.
Pero hay más,
ir sola o con amigas a clase era una manera de ganar independencia, de ir
asumiendo responsabilidades y, por tanto, de crecer por dentro. También
resultaba útil para conocer los rincones del barrio, perderles el miedo,
amarlos y hacerlos propios. Muchas personas gestaron su
barrionalismo yendo y volviendo del colegio.
Cumbres borrascosas
Cumbres borrascosas, de Emily Brontë
"Dulcinear"
“Conjugando el verbo
‘dulcinear’, Rosa Montero
HAY UN PROGRAMA de televisión titulado
Catfish (un nuevo término inglés que significa impostor digital) que consiste
en investigar y desvelar la verdadera identidad de aquellas personas que se
hacen pasar por otras en las redes sociales. Lo he mirado por encima tres o
cuatro veces, y en todas las ocasiones se trataba de un asunto amoroso. El
último que he visto me ha dejado pasmada: una estadounidense de 39 años con una
hija de 18 se escribe durante nueve meses con un tipo de 27 (“pero muy maduro
para su edad”) que vive en otro Estado. Del chico sólo conoce cinco fotos
(está, obviamente, muy macizo) y durante todo este tiempo no ha conseguido
verse con él por Internet (alega que tiene la cámara rota) ni quedar en algún
lugar intermedio entre sus ciudades. Eso sí, se han escrito muchísimo, han
conversado por teléfono, sin duda han hecho sexo de voz o de texto, han hablado
de casarse y están al parecer enamoradísimos. “Nunca he querido tanto a un
hombre en toda mi vida; nunca me he entendido con alguien tan bien”, dice la
incauta.
Es su hija quien, sin la ceguera de la
pasión, considera que la relación es muy sospechosa y avisa al programa. La
investigación demuestra que el supuesto bombón es en realidad una chica poco
agradable de 31 años, lesbiana y con antecedentes penales. Hay un cara a cara
entre las dos, y se diría que la catfish también se ha autoengañado: mantenía
la esperanza de que su víctima se acabara enamorando de ella. Pero la mujer
queda comprensiblemente devastada y sale corriendo (además es heterosexual).
Supongo que les costará creerme, pero
la víctima no parecía una tonta; simplemente estaba muy necesitada. Qué fácil
es engañar a un corazón enamorado. O mejor dicho: con qué facilidad un corazón
ansioso de enamorarse logra engañar a su dueño. En realidad la protagonista del
documental se estafó a sí misma.
La pasión es así, una quimera. Cuanto
más apasionada sea una persona, más distancia guarda su amor ilusorio con la
realidad. Cervantes, que ya lo ha escrito todo, nos muestra la ridiculez de
esos espejismos cuando habla de la chaladura de Don Quijote por su inexistente
Dulcinea, un ser inventado por él a partir de una campesina vecina, Aldonza
Lorenzo. En realidad todos dulcineamos un poco o un mucho al enamorarnos, como
la protagonista de Cat¬fish. Ya lo decía Platón: amar es dar lo que no se tiene
a quien no es. Lo que no se tiene, porque en el irrefrenable impulso de
conquista nos mostramos adornados de virtudes, desplegamos colas de pavo real
que no son nuestras, fingimos ser mejores de lo que somos. Y a quien no es,
porque el zapateado del cortejo se lo estamos haciendo a la Dulcinea que nos
hemos inventado, no al individuo auténtico, ese ser real que nos empeñamos en
no ver.
Por eso las pasiones prosperan cual
hongos al amparo del desconocimiento del otro. Ahora, con la invisibilidad de las
redes; pero antes, en tiempos más convencionales, por ejemplo, también por la
distancia en los noviazgos: esas parejas que no se conocían sexualmente antes
de casarse y que vivían unas relaciones prematrimoniales muy formales fueron
causa y origen de muchas fantasías y desengaños. Por no hablar, claro está, de
las relaciones epistolares, un perfecto caldo de cultivo de la pasión
inventada. Como la historia de la escritora estadounidense Helene Hanff
(1916-1997), que se escribió durante 20 años con Frank Doel, un librero de
Londres; empezó comprándole libros y terminaron dulcineando dulcemente. Hanff
nunca se atrevió a conocerle personalmente; para cuando estaba empezando a
reunir el valor, Doel se murió (probablemente hizo bien en no verle: que la
realidad no te estropee una buena pasión). Las cartas están publicadas en un
librito delicioso, 84, Charing Cross Road, la dirección de la librería.
La pasión, en fin, es como esas
sombras chinescas que uno hace con sus manos sobre la pared. Si apagas la luz
(el tórrido foco de tu imaginación), las sombras desaparecen. Y así, amados de
antaño cuya ruptura con ellos fue un cataclismo, pueden parecerte hoy perfectos
desconocidos sin un átomo de encanto en su interior. Dulcinear sin freno es lo
que tiene (yo estoy intentando quitarme).
HAY UN PROGRAMA de televisión titulado Catfish (un nuevo término inglés que significa impostor digital) que consiste en investigar y desvelar la verdadera identidad de aquellas personas que se hacen pasar por otras en las redes sociales. Lo he mirado por encima tres o cuatro veces, y en todas las ocasiones se trataba de un asunto amoroso. El último que he visto me ha dejado pasmada: una estadounidense de 39 años con una hija de 18 se escribe durante nueve meses con un tipo de 27 (“pero muy maduro para su edad”) que vive en otro Estado. Del chico sólo conoce cinco fotos (está, obviamente, muy macizo) y durante todo este tiempo no ha conseguido verse con él por Internet (alega que tiene la cámara rota) ni quedar en algún lugar intermedio entre sus ciudades. Eso sí, se han escrito muchísimo, han conversado por teléfono, sin duda han hecho sexo de voz o de texto, han hablado de casarse y están al parecer enamoradísimos. “Nunca he querido tanto a un hombre en toda mi vida; nunca me he entendido con alguien tan bien”, dice la incauta.
Es su hija quien, sin la ceguera de la pasión, considera que la relación es muy sospechosa y avisa al programa. La investigación demuestra que el supuesto bombón es en realidad una chica poco agradable de 31 años, lesbiana y con antecedentes penales. Hay un cara a cara entre las dos, y se diría que la catfish también se ha autoengañado: mantenía la esperanza de que su víctima se acabara enamorando de ella. Pero la mujer queda comprensiblemente devastada y sale corriendo (además es heterosexual).
Supongo que les costará creerme, pero la víctima no parecía una tonta; simplemente estaba muy necesitada. Qué fácil es engañar a un corazón enamorado. O mejor dicho: con qué facilidad un corazón ansioso de enamorarse logra engañar a su dueño. En realidad la protagonista del documental se estafó a sí misma.
La pasión es así, una quimera. Cuanto más apasionada sea una persona, más distancia guarda su amor ilusorio con la realidad. Cervantes, que ya lo ha escrito todo, nos muestra la ridiculez de esos espejismos cuando habla de la chaladura de Don Quijote por su inexistente Dulcinea, un ser inventado por él a partir de una campesina vecina, Aldonza Lorenzo. En realidad todos dulcineamos un poco o un mucho al enamorarnos, como la protagonista de Cat¬fish. Ya lo decía Platón: amar es dar lo que no se tiene a quien no es. Lo que no se tiene, porque en el irrefrenable impulso de conquista nos mostramos adornados de virtudes, desplegamos colas de pavo real que no son nuestras, fingimos ser mejores de lo que somos. Y a quien no es, porque el zapateado del cortejo se lo estamos haciendo a la Dulcinea que nos hemos inventado, no al individuo auténtico, ese ser real que nos empeñamos en no ver.
Por eso las pasiones prosperan cual hongos al amparo del desconocimiento del otro. Ahora, con la invisibilidad de las redes; pero antes, en tiempos más convencionales, por ejemplo, también por la distancia en los noviazgos: esas parejas que no se conocían sexualmente antes de casarse y que vivían unas relaciones prematrimoniales muy formales fueron causa y origen de muchas fantasías y desengaños. Por no hablar, claro está, de las relaciones epistolares, un perfecto caldo de cultivo de la pasión inventada. Como la historia de la escritora estadounidense Helene Hanff (1916-1997), que se escribió durante 20 años con Frank Doel, un librero de Londres; empezó comprándole libros y terminaron dulcineando dulcemente. Hanff nunca se atrevió a conocerle personalmente; para cuando estaba empezando a reunir el valor, Doel se murió (probablemente hizo bien en no verle: que la realidad no te estropee una buena pasión). Las cartas están publicadas en un librito delicioso, 84, Charing Cross Road, la dirección de la librería.
La pasión, en fin, es como esas sombras chinescas que uno hace con sus manos sobre la pared. Si apagas la luz (el tórrido foco de tu imaginación), las sombras desaparecen. Y así, amados de antaño cuya ruptura con ellos fue un cataclismo, pueden parecerte hoy perfectos desconocidos sin un átomo de encanto en su interior. Dulcinear sin freno es lo que tiene (yo estoy intentando quitarme).
LA METAMORFOSIS
Franz Kafka, La metamorfosis
¿Y si una mañana encuentras que te has convertido en un insecto?
¿Qué harías? ¿Será esta pequeña narración alguna metáfora? Seguro que a ti te
dice algo. Estás en la edad de disfrutar de esta joya. Y, si te emociona, bucea
en la vida de su creador y anímate a leer algo más de él.
"SOLEDAD"
“Soledad”, de Pedro de Miguel
Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.
No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más
allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el
hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos
minutos el amplio pozo de su soledad.
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