Fotografía de Víctor Maeso
“¿Quién me
ha robado el mes de abril?” cantó mi Joaquín Sabina.
Nunca hubiera pensado que, literalmente, me iba a ocurrir lo cantado por Sabina…
“¿Quién me
ha robado el mes de abril?” cantó mi Joaquín Sabina.
Nunca hubiera pensado que, literalmente, me iba a ocurrir lo cantado por Sabina…
“El velo de la abadesa” de Bocaccio
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¿Y si el virus hubiera atacado a los jóvenes como tú? ¿Cómo
hubieran reaccionado tus abuelos? Elvira Lindo es tajante. Léela.
“Geometría
de una pandemia”, por JoséLuis Sampedro
Los científicos llevaban un mes
preocupados por una cuestión coronavírica fundamental. Sabían que China había
logrado controlar sus focos de infección, en particular la ciudad de Wuhan, con
11 millones de habitantes, por el simple prospecto de aislarlos del resto del
mundo. Pero ¿sería posible aplicar ese tipo de medidas en las democracias
occidentales? Acabamos de ver que sí. Las medidas del Gobierno español, como
las de otros países de nuestro entorno, se basan casi por entero en la
experiencia china. Los aislamientos y las cuarentenas ralentizan la propagación
del virus. Eso no quiere decir que lo eliminen —este coronavirus no tiene pinta
de estar en riesgo de extinción—, pero sí que permite a los sistemas sanitarios
gestionar sus efectos. Esta es la clave para entender la crisis sanitaria. Las
Bolsas son otra historia.
El
coronavirus (SARS-CoV-2, en la jerga, causante de la enfermedad respiratoria
Covid-19, pero ruego al lector que se olvide de estas espesuras lexicológicas)
se propaga mejor que su predecesor el SARS, y hasta mejor que la gripe, que
hasta ahora era la verdadera pesadilla de los epidemiólogos. Pocos científicos
esperarán eliminarlo a estas alturas. Lo más probable es que el coronavirus
infecte tarde o temprano a la mayor parte de la población europea, y
seguramente de la mundial. La canciller alemana, Angela Merkel, lo ha cifrado
esta semana en un 70% de la población, y quién sabe si se quedó corta. Pero
esto no es un dato tan preocupante como parece.
Una
buena regla que han aprendido los epidemiólogos en esta crisis es 80/15/5. Son
porcentajes, y por eso suman 100. El 80% de los españoles, y de los europeos,
se infectarán sin casi enterarse. Para ellos, la enfermedad será tan leve que
ni le prestarán atención más allá de un ocasional paracetamol. El 15% puede
sufrir neumonía y necesitará tratamiento. Y el otro 5% tendrá que ingresar en
la unidad de cuidados intensivos (UCI) de su hospital. 80/15/5 es la clave para
entender las medidas que están tomando el Gobierno. Esas medidas son correctas,
pero no siempre fáciles de entender por la población. Ni por los mercados, por
las fluctuaciones cuánticas que venimos observando en ese gallinero.
Hay
una geometría de la pandemia. Si el virus va a acabar por contagiarnos a casi
todos, ¿por qué empeñarse en frenar su propagación? El objetivo del estado de
alerta declarado por el Gobierno no es protegerte a ti, desocupado lector, sino
al sistema sanitario que, con toda seguridad, necesitarás alguna vez en tu
vida. El 5% de 100 infectados son cinco pacientes en la UCI. El 5% de un millón
de infectados son 50.000 pacientes en la UCI. Ningún sistema sanitario puede
soportar eso y las medidas son necesarias para allanar la curva de contagio,
como puedes leer en Materia. El número final de infectados puede ser el mismo,
pero su llegada a los hospitales se escalonará lo bastante como para hacer
posible la atención a los casos más graves. Tu aislamiento no es para ti, sino
para los demás. Pórtate bien.
Cuenta la triste historia de una chica muy, muy buena, pero muy,
muy feúcha que hace de “lazarillo” de un joven ciego. Dicho joven está
enamorado de ella; pero no la ve, claro. ¿Qué pasaría si recuperara la vista?
Si quieres saberlo, abre el libro, que es muy chulo…
Muy apropiado
este poema de la guatemalteca Guisela López para celebrar el “Día de la Mujer”.
¡Salud a todas!
Presentes
Llegamos aquí presurosas…
Hemos venido,
convocadas por un sueño.
Las mujeres
recorremos las plazas del mundo
desplegando palabras.
Hemos llegado de todas partes
unas tristes,
otras alegres,
algunas rotas.
Trazando arcoíris
con nuestros colores de piel,
constelaciones
con nuestras miradas.
Nos encontramos
proclamando la soberanía de nuestros
cuerpos,
defendiendo la libertad de nuestros
pasos.
Haciendo resonar nuestra voz.
de continente a continente.
Transgrediendo mandatos,
construyendo metáforas amables
con la fuerza de nuestros deseos.
Enlazándonos,
más allá de nuestra edad
y nuestras nacionalidades.
Acarreando esperanzas
en la desesperanza.
Tejiendo redes,
laboriosas arañas.
Construyendo ciudadanía
centímetro a centímetro.
Transformando la realidad
con nuestros caminares,
incursionando el viento
vestidas de cometas,
despeinadas de flores,
deliberadas,
presentes,
en esta marcha por la vida.
Aquí tienes una argumentación sencilla y eficaz. Los dos primeros párrafos funcionan a modo de exposición. La tesis y la conclusión están en rojo. Los conectores y argumentos bien ordenados, en verde. Antes de leerla, intentamos argumentar en clase acerca de este tema: "por qué es bueno ir andando al colegio desde pequeños".
“A pie”, de Lucía Mbomo
Mis padres
escogieron el colegio en el que pasé toda la EGB porque estaba más o menos
cerca de mi antigua casa. Ese era uno de los criterios más comunes de elección.
Por aquel entonces, a diferencia de buena parte de la gente que conozco en
Madrid centro, no recuerdo a casi nadie que fuera en coche o en metro a clase
ya que, precisamente por esa proximidad a la que he aludido con anterioridad,
no era necesario.
Como todavía
no se había producido una incorporación masiva de las mujeres al trabajo no
doméstico y remunerado, eran sobre todo las madres quienes llevaban a sus
vástagos a clase andando. También era habitual que se fueran turnando y que
cada semana una se encargara de varios niños. No había ni subterráneo en el sur
y si mi memoria no me falla, únicamente aquellos que iban a centros privados se
desplazaban en autobús.
Los demás
solíamos ir a pie y, a partir de una edad, en mi caso a los nueve años, solos.
Necesitaba unos veinte minutos para subir la enorme cuesta que me separaba del
centro al que asistía y que me parecía eterna por el peso que llevaba a la
espalda. Sin embargo, dejando a un lado el tema de las mochilas esas cuadradas
que pesaban más que las que usan en el ejército y que encima no tenían ruedas, caminar
era genial por muchos motivos.
Primero, nos
servía para espabilarnos. En invierno, con el frío que hacía, capaz de
cortarnos la piel del rostro y teñir nuestras narices de rojo, nos despertaba
más que la ducha. En realidad, daba igual en qué estación nos encontráramos, a
partir de la primavera, entre el polen y la luz, ya no había quien nos
durmiera.
Segundo, era
una manera de socializar, de hacer amistades y de intercambiar confidencias, no
solo con el alumnado de la misma clase, que para eso, obvio, estaba el recreo,
sino también con compañeros de otros cursos que eran del vecindario y recorrían
el mismo trayecto.
En tercer
lugar, ya en el instituto, hay que pensar que varios romances de juventud se
gestaron en esas rutas que nunca queríamos que acabaran. Que si "me gusta
alguien de clase"; que si, "ah, sí, ¿quién?"; que si, "tú
le conoces..." y ya saben cómo acababan (o comenzaban) esas cosas. Ahora
bien, hubo personas, entre las cuales me incluyo, que se quedaron siempre en el
punto anterior, en el de afianzar las amistades. Da igual, también estaba bien.
Desde un punto
de vista académico, ese rato podía servir para repasar el temario los días de
examen y elucubrar qué preguntas podrían entrar.
Algo destacable y digno de valorar es que era una
forma de luchar contra el sedentarismo del que tanto se habla en la actualidad.
Como llegáramos tarde, las carreras que nos echábamos no tenían nada que
envidiarle al test de Cooper.
Pero hay más,
ir sola o con amigas a clase era una manera de ganar independencia, de ir
asumiendo responsabilidades y, por tanto, de crecer por dentro. También
resultaba útil para conocer los rincones del barrio, perderles el miedo,
amarlos y hacerlos propios. Muchas personas gestaron su
barrionalismo yendo y volviendo del colegio.
Franz Kafka, La metamorfosis
¿Y si una mañana encuentras que te has convertido en un insecto?
¿Qué harías? ¿Será esta pequeña narración alguna metáfora? Seguro que a ti te
dice algo. Estás en la edad de disfrutar de esta joya. Y, si te emociona, bucea
en la vida de su creador y anímate a leer algo más de él.
“Soledad”, de Pedro de Miguel
Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.
No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más
allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el
hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos
minutos el amplio pozo de su soledad.
Y, al final, ¿serán estas expresiones que denotan sexismo o
no? Si quieres saberlo,
léete este interesante artículo de Alex Grijelmo. Aviso, todos los profesores de bachillerato lo adoramos y los coordinadores de la EVAU, también. Y no digo más.
"La polla y el coñazo" de Álex Grijelmo. (26-01-2020)
Algunas críticas al lenguaje machista (razonables en otros aspectos) incluyen el ejemplo de que se llame “coñazo” a algo desagradable y se exclame “es la polla” para resaltar algo fabuloso.
La palabra “coñazo” es negativa, y si alguien dice que expresa machismo no le llevaremos la contraria; pero habrá que considerarla al lado de algunos sentidos opuestos, como “chorrada” (peyorativo) y “virguería” (meliorativo); o situarla junto a otras alusiones desfavorables a los atributos masculinos, como “hacer el chorra”, “pijada”, “soplapollez”, “mingafría”, “ser un cojonazos” o “hacerse la picha un lío”.
En
cualquier caso, un varón puede ser un coñazo, y también quedarse en bragas; y
una mujer, bajarse los pantalones o cogérsela con papel de fumar, porque
tales locuciones han perdido su significado literal. Así es la lengua. No hay
mayor incongruencia textual que la transmitida por una expresión positivísima
como “es de puta madre”. Si se juzgan este tipo de expresiones en su
literalidad, hay que examinar todo el inventario, no sólo las que convienen al
discurso.
Y
en lo referido a “polla”, conviene saber que su sentido elogioso es muy
anterior a que se le añadiera el significado de “pene”, hecho que ocurrió hace
relativamente poco, muy entrado el siglo XX.
Quienes
viajan a América se asombran de que allá sea verosímil que se corra la polla del presidente o que alguien
se saque la polla con toda normalidad. Es decir, que se dispute la carrera de caballos patrocinada por el
jefe del Gobierno y que alguien gane la lotería. Y eso sucede porque uno de los
significados antiguos de la palabra (aparte del relativo al mundo gallináceo)
se refiere a un envite del juego o a unas apuestas.
El Diccionario de 1737 hablaba de “polla” como “porción
que se pone y se apuesta entre los que juegan”. Y en el llamado “juego del
renegado”, ese mismo diccionario explicaba que un participante necesita hacer
cinco bazas “para sacar la polla”. Todo aquel mundillo propició expresiones
como “meter la polla” o “meterla doblada” (hacer una apuesta; poner el doble de
la cantidad que se había jugado), de donde es fácil deducir la relación con
“tiene una suerte de la polla”, “vaya polla que ha tenido”... o “¡es la
polla!”.
Como
explicó el escritor y filólogo peruanoespañol Fernando Iwasaki (Las palabras primas, 2018), Cervantes
ya había usado “polla” con el sentido de juego de cartas (El licenciado Vidriera, 1613); y el hecho de que en
tales lances de la baraja se metiese, se corriera y se sacase la polla explica
la irónica traslación posterior del término a otros significados. Pero eso
ocurriría muchos siglos después (y sólo en España): No he hallado en los bancos
de datos lingüísticos ningún registro de “polla”, como órgano sexual, anterior
a la novela San Camilo, de Cela (1969). Por ejemplo, en Don Juan Notorio: burdel en cinco actos y 2000 escándalos, sátira
anónima de 1874 repleta de palabras malsonantes, aparece 17 veces “picha” y
ninguna “polla”.
Cela
sí interpretaba (Diccionario secreto, 1971) un
sentido erótico de “polla” en unos versos burlescos del XVII, pero en realidad
se refieren sólo a los naipes. Y en sesudos diarios de principios del XX se
leen expresiones como “una polla castellana negra” o “comiéronse la polla”,
que, de haber tenido doble sentido, no habrían pasado el filtro de entonces (ni
el de ahora).
En
fin, parece imponerse hoy en día (de nuevo) el juicio sumarísimo contra algunas
expresiones de resonancia sexual, acusadas esta vez de machismo; pero antes de
condenarlas a la censura convendría conocer su historia y dejarles la
posibilidad de defenderse.
Seda, de Alessandro
Baricco
Esta es una deliciosa novela muy breve. Se lee en un suspiro. Es
una historia de amor/pasión ambientada en el exótico Japón del siglo XIX. Lo
tendría todo para haber triunfado en la época romántica. Para un fin de semana
tranquilito .
El poeta norteamericano Walt Whitman me ha quitado las palabras
de la boca. Es justo lo que os iba a decir. El tema, seguro que te suena, el
"Carpe diem". Disfruta de estas sabias y bellas palabras
No te detengas
No dejes que termine
el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz,
sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por
el desaliento.
No permitas que nadie
te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las
ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que
las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el
mundo.
Pase lo que pase
nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de
pasión.
La vida es desierto y
oasis.
Nos derriba, nos
lastima,
nos enseña,
nos convierte en
protagonistas
de nuestra propia
historia.
Aunque el viento sople
en contra,
la poderosa obra
continúa:
Tu puedes aportar una
estrofa.
No dejes nunca de
soñar,
porque en sueños es
libre el hombre.
No caigas en el peor
de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un
silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos
por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de
las cosas simples.
Se puede hacer bella
poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar
en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida
en un infierno.
Disfruta del pánico
que te provoca
tener la vida por
delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está
el futuro
y encara la tarea con
orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes
puedan enseñarte.
Las experiencias de
quienes nos precedieron
de nuestros “poetas
muertos”,
te ayudan a caminar
por la vida
La sociedad de hoy
somos nosotros:
Los “poetas vivos”.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.